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La panadería de los Pediches de doña Clara Zorrilla


 

Por un tiempo viví en la misma calle donde vivía el doctor Aníbal Díaz Bazán; arteria que ahora —según me han informado— se llama Calle Adriano Novoa, en homenaje a nuestro valeroso alcalde que en 1910 organizó y comandó un batallón de voluntarios chotanos que fueron hasta la frontera con el Ecuador a defender el territorio patrio, y también, posiblemente, porque en ella vivía la familia Novoa.

En la vereda opuesta a mi casa estaba ubicada la panadería de doña Clara Zorrilla; establecimiento que, como todas las panaderías chotanas, carecía de nombre comercial, y simplemente se le conocía como la panadería de doña Clara Zorrilla.

La señorita Clara Zorrilla era de alta, delgada, de tez morena, de cabello lacio color negro. Vestía siempre con ropa también de color negro; y como distintivo de elegancia llevaba puesto un chal tejido y bordado a mano cubriéndole los hombros y pecho.

Daba la impresión de que se había resignado a su suerte de solterona, pues vivía en su casa con dos señoritas, quienes, además de darle compañía familiar, ayudaban al maestro panadero en la elaboración de los panes y pasteles, así como en la venta de éstos.

A los jóvenes nos cautivaba presenciar a la señorita Clara Zorrilla cuando iba a misa los domingos, acompañada siempre de las dos señoritas, una de las cuales llevaba el reclinatorio; y esto debido a que, al ver a la señorita Clara camino a la iglesia, nos imaginábamos que era una andaluza del siglo XVII que había recalado en Chota

Su panadería tenía dos ambientes: uno, en el que se encontraba el horno, donde se elaboraban los panes; y otro, que era la tienda, con un mostrador muy bien presentado.

En la tienda, que era espaciosa, la dueña había acondicionado un pequeño saloncito para agasajos, en el que se notaba una mesa de madera circular con sillas a su alrededor y algunos sillones de madera y de mimbre. La disposición de los muebles y otros detalles en su decoración le daban al saloncito un aire elegante y cómodo, razón por la que era muy requerido por las familias campesinas para las pedidas de mano, que folclóricamente se les llamaban “Los Pediches”.

Los padres del novio contrataban con anticipación el local y el agasajo para que doña Clara Zorrilla preparara todo el ambiente de la pedida de mano. Allí, en el saloncito, en la mesa circular cubierta con un mantel blanco reluciente campeaba en el centro un queso grande y alto; alrededor del cual se disponían varios platos con bizcochos, bizcochuelos, galletas, pasteles, turcas, panecitos, semitillas, etc. Y a un costado del queso, se encontraba la esenciera de vidrio con café recién destilado; y también las tazas, colocadas al borde de la mesa.

Cuando ya estaban sentados a la mesa el novio y la novia, y los parientes de ambos, hablaba solamente el papá del novio haciendo presente las virtudes del novio y el cariño de toda la familia hacia la novia. Si después del palabreo el papá de la novia comía su bizcocho con queso —preparado por la mamá del novio—, y tomaba el asentativo con una copa de vino oporto Tres Piernas (ese tipo de vino estaba de moda), significaba que el novio era aceptado y el matrimonio estaba asegurado, comprometido y respaldado; de lo contrario, es decir, si el papá de la novia no degustaba el bizcocho y el asentativo, no había matrimonio.

Los vecinos éramos medio juzgavidas y estábamos mirando para saber cuál era el final del “pediche”.

El año 1952, cuando salí de Chota, dejé en plena actividad comercial a la panadería con su dueña la andaluza doña Clara Zorrilla.

 

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