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El subtítulo adecuado para esta historia nos parece “El día que se juntó el arte”. A ver si la narramos adecuadamente.


Quintín Borda Ticona, profesor principal del Taller de Escultura de la Escuela de Bellas Artes “Macedonio de la Torre” de la ciudad de Trujillo, estuvo de visita en nuestra ciudad de Chota, con la finalidad de elaborar un molde para posibles réplicas del recientemente erigido busto de José Natividad Sánchez Silva, obsequiándonos una clase maestra en el mismo lugar de los hechos, la Escuela 10390 de Pingobamba Alto. Invitado por Miguel Ángel Antesana, nos ofreció una jornada de arte –tertulias y prácticas– a raudales.


Los Montaña, sin embargo, estuvimos como convocados para sofocar a tiempo un incendio forestal, que pudo ser de proporciones, en la zona de la quebrada de San Mateo, camino arriba sobre la ruta que lleva a Rambrán. Divisamos el humo cuando, al ir bajando, elogiábamos la flamante obra de veredas construidas a la par de la nueva calle, aquella que conduce a la tradicional Cruz de las Delicias (o Cruz de Motupe, de la recordada señora Rosita Martínez).

Hay que resaltar que esta obra –aunque no de arte, pero sí muy buena– es ejemplo para la ciudad, en comparación con la mayoría de nuestras veredas post-ochentas, que son intransitables, para niños y ancianos especialmente, por sus escabrosos desniveles de hasta un metro de diferencia entre unas y otras. Recordemos que nuestra ciudad, luego de aquellos años, creció en completo desorden, abriéndose calles y pavimentándolas muchísimo después, olvidando o dejando las veredas para que las haga el vecino cuando y como pueda, siendo ello una obligación imperativa del municipio.


Volviendo a nuestro día, son del dominio público los encuentros amatorios de subrepticias parejitas que se citan en los conocidos pinos de ese lado de la ciudad, que han convertido la reseca maleza en húmedos tálamos de Eros y Afroditas que dan rienda suelta al furtivo arte de amar. Suponemos que una de éstas, muy asustada, que se nos cruzó a bordo de una moto lineal con el mismo apuro con el que nosotros llegábamos para sofocar la creciente candela, probablemente haya sido la responsable de este inicio de siniestro, al no poder controlar su arrebatada pasión, que habría terminado por prender la chispa de su propia inconsciencia, perjudicando a la endeble naturaleza.


Con las personas del lugar, a punta de tierra y ramazos (puesto que en estos tiempos agua no hay ni en la quebrada), hicimos la lucha necesaria para aislar las llamas, bregando contra el viento que amenazaba alcanzar la otra colina; no obstante, muchas orquídeas chotanas, de la especie de color anaranjado, semejantes al hermoso ejemplar de la imagen, perecieron calcinadas por el fuego fatuo, y así como ellas, nos preguntamos ¿cuántas especies más de flora y fauna se habrán ido con la asesinada esperanza de mostrarnos solícitamente el arte de su belleza? La recomendación es implícita, no destruyamos nuestro propio hogar ni a los seres que nos procuran oxígeno puro.

Este hecho retrasó nuestra marcha; pero, retomada la misma, y antes de llegar a destino, nos dimos tiempo para atesorar el artístico valle Doñana desde la cima de La Chucchula, singular cerro al que se le atribuye el creativo arte de comer gente durante la malahora.

Cuando llegamos a Pingobamba Alto, encontramos al profesor Quintín con su trabajo avanzado; es decir ya había terminado de aplicar la máscara de silicona sobre el busto del personaje.

Estaba muy contento de haber contribuido con la obra de su alumno Miguel Ángel, felicitándole por el resultado de la misma. Asistimos entonces al resto de la magistral clase de construcción de la base de yeso que contendría a la máscara, participando del tiempo de secado, desmontaje y embalaje de las partes de la misma.

Por último, la propia máscara, una vez fraguada, fue hábilmente retirada, embalada y lista para la primera réplica del monumento.


Nayeli, que actualmente es alumna en un taller de dibujo y pintura, dedicó al profesor Quintín, presta como siempre, parte de su talento declamatorio, durante las pausas de la labor de moldeado, cumpliendo todos una jornada inolvidable de arte al aire libre.

Y con todo esto, José Natividad resultó el más beneficiado, pues los artistas le dieron un merecido tratamiento de retoque y lustre, que satisfizo a todos.



El auspicio del ocaso, con sus acostumbradas pinceladas de arte maravilloso, nos llevó a concluir la tarea, dirigiéndonos de vuelta a la ciudad, hasta detenernos en la casa de Gilberto Benavides “El Rojo”.

El profesor Quintín se quedó impactado por la pistola hecha en madera de eucalipto, con mecanismo completo incluido, entre otras de las miniaturas del artista montaña y chotano. Dedicado a la carpintería, hay que aclarar que Gilberto actualmente está trabajando el cuadro “Yunta chotana” y sólo tiene el cuadro de la “Virgen de Chota” para exposición, pues sus demás cuadros han sido vendidos. Sorprendidos también quedamos ante la máquina multiusos, la Gibech, fabricada por el propio Gilberto para sus fines sanjosefinos, como cortar, pulir o taladrar maderos en serie y a medida: un toque de arte del ingenio.


El ver a la Patrona en cuadro, nos llevó a la iglesia catedral de Chota, para que el profesor Quintín la admire personalmente, pues era otro de los puntos marcados en la agenda. Quintín nos contó que había estado de paso por nuestra ciudad, años atrás, cuando realizó la réplica de la Virgen de la Asunción de Cutervo, la misma que fuera traída para las celebraciones del Cincuentenario de la Recuperación de la Patrona de Chota, el 5 de agosto de 2003; teniendo desde entonces la referencia de la singular belleza de arte de nuestra Inmaculada Concepción, que corroboró (esta vez, ante ella) con una emoción indescriptible en sus ojos.


Para rematar esta jornada de conversa y aprendizaje intensivo sobre arte, enorme fue nuestra sorpresa de hallar en el altar a nuestra amiga Savina Sánchez, una de las mejores exponentes en arte del canto folklórico del momento, a punto de dar el sí a su flamante esposo. Cuando nos descubrió, más sorprendida ella, nos invitó de inmediato a su fiesta; pero nuestro aspecto y nuestro olor a humo y a sudor y la pendiente cita con la profesora Margarita Vásquez –quien nos esperaba para charlar ampliamente sobre literatura e historia de los chilenos, de la Virgen, de Eleodoro y de las rondas–, nos lo impidieron, deseándole desde esta tribuna la mejor de las dichas y la felicidad completa en su nueva vida de casada. Imaginamos que en la fiesta le pidieron cante su representativo tema El chotano es un hermano.

Otro buen subtítulo para esta historia, y a manera de colofón, sería “El día que el arte se juntó… ese día Savina se casó”.