LOS BRUJOS DE SHULCAHUANGA
1,818
(Tradiciones Peruanas.- Sexta Edición 1968, pág. 932 – 935)I
En la cadena que forma la cordillera de Otuzco a Huamachuco se ve un cerro elevado y de forma cónica, el cual desde los tiempos incásicos se conoce con el nombre de SHULCAHUANGA.
Terminaba el año 1,818 cuando, entre los ochenta mil indígenas que componían la subdelegación de Huamachuco, tomó creces el rumor de que la cumbre del Shulcahuanga era habitada por brujos y brujas.
En efecto, desde la parte llana veíanse bultos que iban y venían, y aun en algunas noches, llamaradas y luces de cohetes voladores.
Con la aparición de los brujos en Shulcahuanga coincidió la de proclamas y pasquines manuscritos en Huamachuco, Uzquil, Cajabamba, Otuzco, Chota y otros pueblos. En grosero lenguaje se ponía de oro y azul a Fernando VII, y en una caricatura se le representaba de hinojos ante Tupac Amaru. En esos anónimos se disertaba largo y menudo sobre la tirania de los conquistadores, sobre el yugo a que vivía sujeta la raza indígena, sobre lo abusivo del tributo de la mita y sobre las socaliñas parroquiales y demás temas obligados, terminando por excitar a los pueblos a rebelarse contra el rey de España y sus sicarios en el Perú. En las proclamas hablábase de los triunfos que en Chile y en Colombia alcanzaban los insurgentes, y una de ellas terminaba con estos versos:
Al fin, al fin va llegarle a los godos su San Martín.También los particulares eran victimados en los pasquines. Al vicario de Huamachuco, doctor don Pedro José Soto y Velarde, que los domingos, después de misa mayor, sermoneaba a los indios, amenazando con excomunión los que entrasen en inteligencia con los patriotas, le clavaron en la puerta de su casa un cartelón que así decía:
No se meta en honduras, padre vicario y ocúpese tan sólo de su breviario ¡Soto! ¡Sotito! Ya te desollaremos como a Cabrito.Con pasquines más o menos parecidos a éste eran agasajado los principales ralistas, y más que todos don Ramón Noriega, rico hacendado y hombre de influencia social y política, al que, entre otras lindezas, le escribieron:
Antes de hacerte difunto, godo, regodo, archigodo te haremos bailar por junto y atado codo con codo el punto y el contrapunto.Las proclamas, en las que no escaseaban latinajos mal traido y peor zurcidos llevaban este encabezamiento: José Luz de la Ver dad, sellador del Real Tupac—Amaru a los pueblos del Perú.
Pasquines y proclamas empezaron a poner en ebullición a lo indios, y alarmándose el subdelegado don Manuel Fernández Llaguno y el alcalde don Pedro Luperdi, mandaron promulgar usanza de guerra con banderas’ desplegadas y tambor batiente bando para armar y regimentar a los blancos, o sea españoles americanos. Como medida precautoria se hizo un registro en la morada del cacique Peña y Gamboa y en el domicilio de otros indios principales, dando minuciosa cuenta de todo al señor Gil y Lernus, intendente de Trujillo. Pero éste y su asesor, don Teodoro Fernández de Córdova, dieron poca importancia a la cosa, calificando los subversivos documentos por obra disparatada de cerebros enfermos, y se limitaron a prevenir al subdelegado que siguiese adoptar do las medidas cautelosas que bien le pareciesen.
El vicario Soto y Velarde se desazonó ante la flema con que el intendente acogía las alarmadoras nuevas, y escribió al obispo Marfil, asegurándole que los indios de la circunscripción territorial de Huamachuco estaban poco menos que alzados, en lo que indudablemente andaría metido algún emisario de los insurgentes del Río de la Plata. Añadía el vicario que, si bien las proclamas eran en la forma disparatadas, en el fondo tenían mucho de conceptuoso y de apropiado a la ruda inteligencia de los indios.
El obispo Marfil vió las cosas por prisma distinto al del señor intendente y escribió con minuciosidad al Virrey y a los oidores.
Su excelencia contestó aplaudiendo el celo del mitrado, echando una mónita al apático intendente, y previniendo al subdelegado Llaguno que procediese virga ferrea. Con tal autorización, éste se puso de acuerda con los hacendados y vecinos realistas, armó gente, echó guante a todo titere sospechoso de simpatizar con la insurgencia, y puso sitio al cerro de Shulcahuanga, donde la voz pública afirmaba que los conspiradores celebraban conciliábulos.
Apareció entonces sobre la cima del Sulcahuanga un hombre que arengó a los sitiadores en estos términos:
– Yo soy José Luz de la Verdad, y los requiero para que mateís a los patrones tiranos y a los curas esquilmadores de las ovejas. Esta tierra es nuestra, muy nuestra, de los peruanos y no de los españoles. No toleramos más tiempo amos que vienen de fuera a gobernar en nuestra casa, cargándonos de cadenas y tributos y convirtiendo en oro las gotas del sudor de nuestra frente. ¡Abajo la tiranía! ¡Viva la libertad!
Parece increíble; pero entre los sitiadores, que eran doscientos españoles americanos y más de quinientos indios, peones de las haciendas, hubo algo como una oleada de simpatía por las toscas frases del orador.
— ¡Al escalar el cerro! ¡Matar a ese insurgente! —gritó el subdelegado.— Pero tos indios, que estaban armados con palos y hondas, permanecieron impasibles. Sólo una mayoría de blancos y mestizos emprendió la ascensión.
En la cumbre, y rodeando al caudillo, se presentó un grupo como de cincuenta indios, hombres, mujeres y niños que empezó a lanzar galgas sobre los asaltantes.
Se iniciaba la lucha, y bajo malos auspicios para los últimos. Los peones de las haciendas se inclinaban a hacer causa común con los indios de Shulcahuanga; mas los españoles, armados de escopetas, carabinas y pistolas, los mantenían a raya.
Sonaron algunos disparos de fusil y un hombre vino rodando desde la altura.
Era el cadáver de José Luz de la Verdad.
La gente que lo acompañaba puso bandera blanca y se rindió a la autoridad.
II
El proceso seguido a los prisioneros de Shulcahuanga, y que constaba de ciento veinte fojas, se conservó hasta 1885 en poder de un caballero de Trujillo. Desgraciadamente, desapareció en uno de los saqueos sufridos en esa ciudad durante nuestra última guerra civil.
No obstante, haremos un extracto de la causa, ateniéndonos a nuestra memoria y a las apuntaciones que nos ha trasmitido el amigo que poseyó el proceso.
José Salinas, mestizo y de treinta años de edad, era en 1818 peón en la hacienda Noriega, quien lo ocupaba de preferencia en su servicio doméstico. Había sido también pongo y sacristán del cura de Chota, el cual le enseñó a leer y aun lo inició en la lengua de Nebrija. El mestizo era, pues, lo que se llama leído y escribido.
De las declaraciones de los presos resultó que José Salinas mantenía correspondencia con personajes cuyos nombres ignoraban los declarantes; que a veces desaparecía del Shulcahuanga por cuarenta o cincuenta horas sin participar a nadie a que lugar se encaminaba; que un caballero de barba rubia estuvo una noche en el ceno en animada plática con Luz de la Verdad y que de repente el caballero empezó a echar chispas y a arder, como si fuese demonio, lo que aterrorizó infinito a los compañeros de Salinas. Este los tranquilizó prometiéndoles que en breve les daría mucho oro de una mina que, según él, se encontraba en el cerro y que este caballero no era el diablo, sino el dueño de la mina. Esto acaeció en Marzo de 1,819, tres o cuatro días antes del desastroso fin de Luz de la Verdad. Del proceso se desprenden vagas presunciones contra Dn. Luis José Orbegoso, hacendado de Chonquisongo, y más tarde general y presidente de la república, y contra el doctor Sánchez Camión, que después fue ministro de Bolivar, y que entonces se encontraba, por orden del virrey, confinado en Huamachuco. El hecho es que Luz de la Verdad no era sino el agente de estos u otros partidarios de la Independencia americana.
Pasando tres meses, y no sacando el subdelegado nada en limpio, se decretó la libertad de los presos.
Para el pueblo, los de Shulcahuanga quedaron, no en concepto de conspiradores, sino en el de brujos, puesto que declaraban haber estado en tratos y contratos con el diablo patriota.
El general San Martín y el Congreso de 1,823, teniendo en cuenta la tentativa revolucionaria de 1,819, dieron a Huamachuco, que hasta entonces era pueblo cabeza de provincia, el dictado de muy noble y fiel ciudad».
Comentario
Naturalmente que las tradiciones de Palma son hechos históricos narrados en su estilo muy peculiar, y como tales, son dignos de credibilidad. Sobre si Palma fue o no historiador, vale la pena referimos a lo que su hija Edith expresa en el prólogo a la Edisión de 1,968:
«El Que pretenda encontrar en Palma un historiador al uso, confunde el significado de su obra literaria ………………………………………………………………………………. Esto no excluye en forma alguna el conocimiento profundo de la historia. Palma ha consultado, como nadie lo ha osado nunca en el Perú, textos, documentos y manuscritos en cantidades impresionantes. La misión de Palma parece haber sido embellecer la historia.
Tomemos también para nuestro comentario alguna notas aparecidas en el Diario «Marca» Mo. 115, página 10, en el que el periodista Alberto Flores Galindo escribe:
«Ricardo Palma se autodefinía como historiador, condición que siempre le negaron los críticos literarios, pero no así investigadores como Raúl Porras. Es evidente que su manera de encarar la historia no tenía el apego «a ras de suelo» al documento que caracteriza a Paz Soldán o Mendiburo; sus referencias son impresisas, y por el contrario, incorpora la intuición …………….. Historia y Literatura se aproximan en Palma, como sucedía en cualquier otro historiador romántico.
Vaya nuestro agradecimiento a tan ilustre historiador, por haber recogido en sus «Tradiciones» un hecho histórico cuyo protagonista fue el chotano José Salinas.
[1] Dr. Mariano Cornejo y Felipe Osma.— Documentos anexos a la memoria del Perú presentados a S.M. el Real Arbitro en el conflicto entre Perú y Ecuador; volumen V, pag. 200