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No tenemos la belleza de la fealdad del célebre jorobado de Notre Dame; pero sin querer y tal vez intentándolo, y ya que contribuimos a devolver a su lugar a la vieja campana sanjuanista, que hoy ya se regocija con sus adolescentes de siempre, acudimos de pronto al nuevo llamado de las otras campanas de la plaza de armas, las de la catedral chotana.


En realidad, hace un tiempo habíamos arreglado e implementado el sistema de unir con cuerdas tres de las cuatro campanas operativas de la catedral, para que, de esta manera, al unísono sigan llamando al pueblo chotano, cada vez que es requerido. Ahora nos tocó el mantenimiento.


Una de las campanas lleva la inscripción con las iniciales J.P.V. de 1865, incluyendo un aparente tiro de bala. Iniciales indudables de José Ponciano Vigil, recordado alcalde chotano, al decir de la historia, el mejor burgomaestre del siglo XIX, a quien le cupo el honor de restaurar la ciudad tras la guerra con el país del sur. Se cuenta que, con su propio peculio, reedificó la antigua iglesia de La Dolorosa, incendiada por los chilenos, que se ubicaba en la esquina donde ahora está el municipio, la misma que se mantuvo luego, incluso en paralelo con la actual catedral, hasta buena parte del siglo XX.

Nos alegra el que, desde la singular panorámica del campanario de nuestra actual catedral, puedan divisarse los Apus de Akunta:

al nororiente, Wayrak;

al norte, Shotorco; al noroccidente, Querorco;

al occidente, Condorcaga e Iroz;

al suroccidente, Piruro; al sur, Lingán; al suroriente, Clarinorco y Shigueray,

y al oriente, la loma de El Suro y Samangay,

celosos guardianes de nuestra ciudad.

Vuelve a volar el tañer redoblante de nuestras campanas, vuelven a volar las alegres aves al éter albiazulado y vuelve a volar nuestra visión de amor reeditada del sueño de amor de los ojos de Akunta, en esta tierra, por siempre embelesado.