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Anaximandro Vega recitando su poema

 

Naciste de un ensueño del bravo Naylamp,

bajo el ala celeste de Chot,

quien como a niña hermosa te dio

un lago de espejo y un monte guardián.

 

En los pies del héroe

se habían dormido ya todos los rumbos,

aunque apuntaban al norte

las siete flechas de su carcaj.

 

Fue acaso por eso que, recreándose en ti,

después de obsequiarte con flores y frutos

y besos antiguos de mar,

se hundió eternamente en un sueño de piedra

y desde sus hombros de recto perfil

el cóndor te mira y el puma te aguaita,

mientras del lado del sur,

otro jefe que por ti se perdió

te busca por siempre en los ojos de un vigía jaguar.

 

Después de su presencia surgieron altos cerros

y un cinturón de plata te ciñeron los ríos,

mientras tus hijos fuertes de gorros retorcidos

amarraban hazañas a tu voz y los árboles

y quitaban las suyas al Inca y al Sol.

 

Un día llegó el blanco trayendo rubio olvido,

pendones de osadía y miradas de muerte;

pero tu alma pudo más,

ya que la Virgen Santa que su fervor traía

agregó más azul al azul de tu lago

y así enraizó la espada junto a la flecha amarga.

 

Seis veces tus cenizas volvieron a ser vida,

el barro se hizo brasa de hogar y se alzó techo

y los árboles cantaron a la luz de tus vigilias

con savia renovada y sus ramas en alto, verticales,

como buscando el cielo con gesto revolucionario.

 

Hoy por todas tus calles la historia se hace muda,

pero andan descalzos el bien y la hospitalidad

y en cada puerta se abren dos alas o dos brazos.

 

En tus techos rojizos se levanta fresco el sol

y en tus paredes blancas se pinta el madrugador,

mientras una conmoción de pájaros cantores

y un florecer de mariposas

sacude diarias primaveras.

 

Todos los verdes y amarillos se prenden a tus pies

ante una eclosión de trinos

y el río se hace arco

porque quiere ser tu vincha o besarte mejor.

 

El cielo se te rinde intenso

aunque a veces te pones sombrillas de neblinas

o juegas caprichosa con los hilos de la lluvia.

 

Pero no es esto, Chota mía, lo que te da carácter.

Son tus hombres eficaces como tiro de fusil

y tus mujeres ágiles con ternura de torcaz.

 

Son tus hombres sin dobleces, apretados al honor,

como mazorcas o espigas;

hombres que saben del beso y del asalto -rosa y laurel-

que en el borde de sus almas

afilan el fulgor de sus dagas

y en el ala de un sombrero

juegan la vida al azar.

 

Hombres que escancian abundante miel para el amigo,

pero obsequian una bala a quien la busca,

hombres altivos, ante la muerte,

y que hasta en el juego de una marinera

cazan al vuelo las palomas de los pañuelos

o la mosca reluciente de una moneda.

 

Mujeres con frescura de agua virgen

y con olor a tierra recién labrada,

orgullosas de su destino, de su fuerza y de sus hombres,

leales, juveniles y valientes.

 

Son tus calles empedradas de tiros y serenatas

con sus acequias por donde se escurren los rumores pueblerinos

y tus plazas enjoyadas de ferias dominicales y retretas.

 

Son tus torres de leyenda, donde aún la sangre vive,

con impulso y redención

y donde aún las sombras pasan de los que elevaron

tu nombre.

 

Tus campanas que volaron en bandada triunfal

o alguna vez en fuga de rabia contenida

y regaron por los campos un martirio o una fe,

siempre flor de libertad.

 

Es tu tierra que palpita rebeldía

y florece toda hazaña en un grato sonreír.

 

Son las voces de Becerra y de Benel,

que se agitan en el sol

y se muestran más heroicas en el rayo y la tormenta.

 

Son tus tierras trabajadas hasta en el último rincón,

y el paisaje siempre nuevo y el silbar de los pastores

y los gritos del gañán y el afán de los peones

y el danzar de las casitas que embanderan la campiña.

 

Es la noche de tu herida en el costado,

boca enorme que pidiendo luz y amor

se desangra lentamente como arroyo de virtudes

y sugiere la esperanza de una fiesta de igualdad.

 

Es la luna que se alarga en el canto de los chorros,

tu aire agudo y vegetal;

son tus tardes milagrosas de colores

enlazadas al picante y la íntima amistad;

tus caminos alforjeros que por todas partes van

y que a veces se columpian en el lila y el azul;

tu alma libre y cazadora de horizontes y destinos.

 

Hoy que tengo en el alma tus casas y tus árboles

y que siento crecer la hierba en el sol y con el cielo,

me veo otra vez niño mirando los lirios de tu parque

y las agujas del reloj que caían violentas.

 

Me veo otra vez niño para la novia niña

que jamás envejeció

y cuyo nombre besaba en dulces pececillos de color.

 

Y te busco en el rostro de los amigos muertos

y en las palabras de los demás,

en las aguas de tus ríos que están dentro de mí,

en tus rezos, en tus fiestas, en tus albazos y tus dianas.

 

En tus albas sonrosadas que tiran luz a puñados,

en tus noches, pirotecnia y son de estrellas,

en tu bondad de pan caliente y en tu llaneza de playa,

que acentúan, sin embargo, la energía de tu gesto varonil.

 

Y quisiera sentarme bajo un árbol amigo,

florecido de pájaros o luceros

para hablar a solas contigo y con él,

mientras miramos en los huertos las iniciales de tu

porvenir.

 

Así, tal vez un día -siempre de pie-

tu tierra y mi barro

se alzarán flor.

: Anaximandro Vega Mateoda