Los Panes de yema de las Madrugadas
Cuando estudiaba secundaria, vivía por el barrio del correo y telégrafo, es decir, cerca al Corralón —lugar donde los alumnos del colegio San Juan practicaban los deportes y gimnasia, especialmente el básquetbol; después este lugar fue ocupado por el frigorífico. Frente al Corralón vivían también mis compañeros de estudios José y Jaime Villanueva —los glishes—, y Julio Tiravanti (hasta el 3er año).
Los días de exámenes bimestrales, y finales, nos levantábamos muy temprano a estudiar junto a los postes de alumbrado de la Plaza de Armas, porque en las viviendas no había luz eléctrica.
El que nos despertaba a eso de las 3 de la mañana era nuestro compañero de estudios Antonio Ruiz Rodríguez —Piche Antonio—, que para llevar a cabo esa tarea, tocando su quena, iba de casa en casa. Recuerdo que casi siempre tocaba el vals “CIELO SERRANO”.
Algunos de nuestros parientes estaban agradecidos con Antonio por despertarnos a esa hora a estudiar, otros no, porque les quitaba el sueño. Pero lo relevante de la colaboración de Antonio para lo que deseo contar era que a eso de las cuatro de la mañana (cuando toda Chota estaba dormida, abrigada, bien arropada) nos encontrábamos en la Plaza de Armas los “chancones del San Juan”, bien abrigados con ponchos, capas, guantes, chalinas y gorros, para amenguar el intenso frío. Recuerdo que los que usaban capa y boina eran Jaime Villanueva y Oscar Muñoz.
En eso estábamos cuando a eso de las cinco de la mañana pasaban los panaderos con las latas de pan de yema en masa, camino al horno, todavía blancos con sus tres puntas, picadas con tijera; para después, a eso de las 6 de la mañana, regresar con los panes de yema, horneados, calientitos, crocantes, riquísimos; entonces, nosotros los chancones abordábamos a los panaderos para comprarles esas delicias. ¡Cómo no recordar ese manjar de madrugada para los chancones sanjuanistas!
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